Reseña: Cisne negro (2011) de Darren Aronofsky

joan-reseña3.jpegCisne negro
Darren Aronofsky

Productora(s): Protozoa Pictures, Phoenix Pictures
Reparto: Natalie Portman, Mila Kunis
País: Estados Unidos
Guionista(s): Mark Heyman, Andres Heinz, John J. McLaughlin
Duración: 108 minutos
Disponible en: http://www.repelis.net/pelicula/7067/el-cisne-negro.html

La trama de esta historia se centrara en una veterana bailarina de ballet de Nueva York – Portman que tiene una gran rivalidad con una compañera mas joven. Todo se acentua conforme se acerca una de las representaciones mas importantes del año aumentando si cabe todavia mas su enemistad. La parte sobrenatural del film tendra que ver con la misteriosa rival de Portman la cual no se sabe si sera una aparicion sobrenatural o unicamente se trata de la imaginacion de la protagonista. (repelis.net)

Yo te la recomiendo porque…

Una premisa interesante se da en una línea específica del diálogo:

«La perfección no es sólo tener control, sino también dejar ir…»

Es decir, bajo un punto de vista específico se vela por la posibilidad de que la perfección esté en el equilibrio de saberse en «control» pero al mismo tiempo, mantener cierto grado de «libertad». Es una premisa, y se queda allí, porque, a fines prácticos, un equilibrio tan anhelado como ése no se puede dar comúnmente. El factor «humano» detrás de cada persona reside en que ésta tiene el potencial de apasionarse de cierta forma por algo/alguien.

Lo que refleja Portman en sus facciones y en su actuar, es justamente la dualidad ya representada de variadas formas en el arte; y en distintos personajes como Dorian Gray o Jekyll/Hyde. Ése carácter que diferencia aquello que permanece en la superficie y lo que es meramente símbolo; lo consciente y lo inconsciente. Que lo haga en grados incomprensibles para gran parte de la humanidad se debe justamente a su elevada exigencia para consigo misma.

La obsesión, ciertamente, sólo se considera como un potencial efectivo e incluso necesario cuando funciona en pos del beneficio de quien tiene el poder (ya sea político, económico, administrativo o de otra clase más sutil). Cuando se observa a sí misma, como la uróboros, lo único que puede «contemplar» es una especie de caos. Porque, ya que ella representa una perseverancia sin sentido en busca de lo que le atrae (y que generalmente no tiene), al verse y sólo hallar anhelo, se resguardará en una impotencia. Una «impotencia» (o percepción de la propia fragilidad) que de un momento a otro la lleva al conflicto, y esto, desencadena la distorsión de la realidad. Es por ello que ciertas compulsiones obsesivas como no poder dejar de ordenar las cosas, o necesitar lavarse las manos constantemente, reflejan una exagerada percepción de las cosas.

Pero la obsesión no es sólo un anhelo constante e impotente (sólo en la propia percepción, en un gran número de casos), es también una «presión». Un cuchillo que se clava una y otra vez, un sangramiento que no lleva a la muerte sino en los casos más radicales y desatendidos. Sin embargo, es a raíz de una presión constante y potente la que permite la metamorfosis del carbón al diamante. Y ésta piedra preciosa sí es un vivo reflejo de la verdadera perfección, es decir, aquél estado por el cual, luego de un anhelo constante, de una presión potente, todo se disuelve. Ya no hay más presión, ni anhelo. Sólo hay algo nuevo.

La dualidad que representa la tendencia al conflicto del obsesivo, es quizá el factor más importante. El cisne blanco y el negro son las dos caras de una misma moneda que está en pos de. Nina es, plenamente, entonces, un personaje polémico; pero muy real. «Real» en el sentido que «representa una posibilidad cada vez más observable/apreciable». No, no es recriminable una actitud obsesiva, sirva o no al mecanismo de poder preponderante; ni mucho menos es desdeñable la búsqueda de una perfección. Lo único que podría intentar criticarse sería el dejar que la presión y el anhelo constante lleven a extremos entre los cuales la línea entre la vida y la muerte sea demasiado visible.

Pero, algo que si olvidó mostrar Aronofsky (aunque sí esté implícito), es que la crítica que permita el reconocimiento de hasta qué punto se está dispuesto a llegar por el anhelo, la debe de realizar por sí mismo el sujeto obsesivo. Ésta caracterización de la personalidad, no sólo busca lo que anhela (el principal objeto/persona que vuelve una y otra vez junto a la presión)sino, a raíz de su tendencia conflictiva, requiere saberse «en control» de sí. Es por eso que la intervención externa generalmente no influye en ningún modo; a menos que venga del principal objeto/persona del interés del obsesivo (y aún ante esta posibilidad, es difícil lograr algo). Es vital entonces buscar la disposición de ciertos estímulos, como dejó bien en claro Kunis con su interpretación, que permitan cierta disminución de la capacidad de alerta.

Se reconoce entonces que el obsesivo no sólo anhela el objeto de su «fijación» (pensamientos recurrentes), sino también el poder sobre sí mismo (lo que llega a confundir con libertad). Nina deseó la perfección, y lo hizo tan intensamente, que se enfrentó a sí misma (en distintas situaciones). No se le puede culpar por ello… Como se planteó en un principio, el factor «humano» detrás de cada persona reside justamente en su capacidad de sentir.

Ella conoció la perfección, o su nueva identidad (luego de la metamorfosis).

Ella sintió, y, más aún, pudo influir en el espectador para hacerle sentir también (ya sea una identificación, como el propio caso, o compasión, en una gran mayoría).

I felt it. Perfect. I was perfect.

Lo sentí. Perfección. Estuve perfecta.

Sobre el director…

darren.jpgDarren Aronofsky es un director de cine estadounidense nacido el 12 de febrero de 1969 en BrooklynNueva York. Hijo de Abraham y Charlotte Aronofsky, dos profesores de origen hebreo, descendientes de polacos. (es.wikipedia.org)

 

 

 

Trailer

Calificación

5 de 5.png


Escuché cuatro veces seguidas los 19:34 segundos del Lago de los cisnes mientras escribía esta reseña. Cabe destacar que conocía a Tchaikovsky con antelación, y había oído muchas (sino todas) sus composiciones. ¿Mi preferida sobre todas? La marcha eslava. ¿Le segunda preferida? La sínfonía número cinco, P-E-R-F-E-C-T-A (en el sentido en el que, a través del conflicto entre lágrimas y sonrisa, permite que me transforma, así sea sólo momentáneamente).

Anuncios

Reseña: Un monstruo en París (2011) de Bibo Bergeron

joan-reseña2.jpgUn monstruo en París
Bibo Bergeron

Productora(s): EuropaCorp Distribution
Reparto: Francoeur, Lucille, Raoul, Victor Maynott, Maud…
País: Francia
Guionista(s): Stéphane Kazandjian
Duración: 90 minutos
Disponible en: http://www.locopelis.com/pelicula/12559/un-monstruo-en-paris.html 

Hacia 1910, en París, una extraña criatura tiene aterrorizada a la población. Emilio y Raúl, dos hombres que no tienen nada en común y no muy predispuestos a la aventura, emprenden la caza del monstruo. Gracias a esta misión lograrán encontrarse a sí mismos, descubrir el amor y romper con toda clase de prejuicios, lo que les lleva a albergar dudas sobre la verdadera naturaleza de ese extraño ser. (locospelis.com

Yo te la recomiendo porque…

El verdadero carácter o personalidad de una historia generalmente surge cuando se deja de lado su aparente sencillez, y se está dispuesto a profundizar. De eso nos advertía ya Wilde cuando dijo que todo arte era a su vez «superficie y símbolo», y, que, quien sólo se enfocaba en la/el superficie/símbolo, lo hacía a su propio riesgo. Y es que, una obra de arte, no podría ni debería dejar indiferente a todos… Para terminar de dar una base razonable, habría que definir qué es «arte»; ¿acaso se podría? ¡Por supuesto que sí! Y mientras la definición más corta esté, más sencilla habrá de entendersé (sí, con la tilde puesta) El arte es, en cualquiera de sus formas, «expresión» o la cualidad/capacidad de representar un(a) idea, sentir, acción.

¡Expresión! Eso es lo que puede verse desde un comienzo, ante los dibujos en blanco y negro, que luego cobran vida. Primero un título, «Romance de primavera»; luego un subtítulo, «Un monstruo de París». Una música evocadora, nostálgica, envuelven con aire misterioso. A primera vista un ciudadano algo tímido, que se ruboriza al ver a la querida compañera de trabajo. Luego un ególatra potencial, que se enorgullece de un abrigo de heno. El discurrir de relaciones amistosas sutiles alientan la sonrisa en el rostro, un tímido joven se encuentra con su amigo, que lo lleva a una tienda donde debe de buscar una pieza vital para reparar el proyector del cine donde trabaja. Un humor precario y fino en distintas ocasiones se vislumbra desde ya, al mismo tiempo que ambos amigos, recorren al París inundado por el Sena (1910 – http://bit.ly/1hl7hAa).

Las circunstancias se aglomeran hasta el punto en que, lo que parecía ser una especie de comedia romántica juvenil pasa a ser algo más, algo impreciso. Kafka recordaría entonces a Gregorio Samsa, y es lo que primero se sospecha ¿cuál de los dos amigos habrá sido transformado? La cuestión se resuelve inmediatamente, y comienza así un rechazo extremado por todo París por algo que ni siquiera se ha visto en toda su integridad. ¡Pero esto parece sólo un recuento del argumento! ¿De qué sirve? Ciertamente, recapitular lo que sucedió, con el propósito principal de luego opinar sobre él, se hace en todos los casos, consciente o inconscientemente.

¡Sensibilidad! o la cualidad/capacidad de no tratar con rechazo/indiferencia a algo/alguien  El arte es expresión, porque capta todo con tez curiosa y lo representa. Y de entre el rechazo, el orgullo y el prejuicio, existe al menos una persona que confía y protege al «monstruo» quasi-kafkiano (en apariencia). Así, renace la esperanza; se reforza la persecución, y la curiosidad de los amigos redirige sus vidas. La concepción de que, entonces, para que algo cambie es necesario un factor-influyente-externo, o, refiriéndolo con la psicología contemporánea, aquello que esté fuera de la zona de «confort», adquiere de nuevo poderío. Sin embargo, se puede entender que, aparte del factor externo es necesario, esencial, tener la voluntad de…

El «monstruo» ya no «en» sino de París, podría concebirse entonces como «el monstruo común a toda cotidianidad», una especie de «monstruo» universal y a la vez individual, que, sin importar si fuese una pulga, un escarabajo, o sólo una nube de incertidumbre en la mente, forma parte de todos. Pero ¿qué es el monstruo? ¿Sólo miedo? ¿sólo duda? ¿sólo el rechazo sutil de lo que se vuelve repetitivo en cada individualidad? El monstruo es la inocencia, el potencial creador que, sin saberlo o reconocerlo, se determina como «innecesario» en un punto determinado de la existencia, y, por lo tanto, el que, en su ausencia, permite que todo se considere con excesiva frialdad y racionalidad.

No es la sencillez de ésta poética/perfecta ambientación del panorama de la psique colectiva [llevada a cabo por Bibo Bergeron http://imdb.to/18tKZKL], lo que realmente se puede apreciar en todas sus melodías, en todas sus miradas, en sus palabras; es su voluntad de sin-intentar ser/significarlo todo; ser algo. Sólo cabría esperar que «el monstruo» de la inocencia, de la decadente originalidad, dejase de ser/significar «monstruo» alguna vez.

Sobre el director…

biboEric “Bibo” Bergeron es un animador francés y director de cine. Su trabajo incluye The Road to El Dorado y Shark Tale.

Bergeron ha servido como animador en películas como Astérix en Gran BretañaAsterix y la Gran LuchaFievel Goes WestFerngully: ¡La última selvaWe’re Back! La historia de un dinosaurio , todos los perros van al cielo 2una película torpeel gigante de hierro, las aventuras de Pinocchio y la película de la abeja. (en.wikipedia.org)

Trailer

Calificación

5 de 5 peli

Reseña: Reverón (2011) de Diego Rísquez

joan-reseña1.pngReverón
Diego Rísquez

Productora(s): Centro Nacional Autónomo de Cinematografía (CNAC), Producciones Guakamaya
Reparto: Luigi Sciamanna, Sheila Monterola, Nicolás Ferdinandov, Luis Fernández
País: Venezuela
Guionista(s): Armando Coll, Diego Rísquez, Luigi Sciamanna
Duración: 110 minutos
Disponible en: http://www.locopelis.com/pelicula/803/reveron.html

Se trata de una historia de amor que transcurre entre 1924 y 1954 a la orilla del Mar Caribe donde descubrimos el universo del gran artista plástico venezolano Armando Reverón, su relación con Juanita su musa e inseparable compañera, los amigos que los frecuentan, la construcción y recreación de los objetos que forman su mundo, su obsesión por la luz del trópico que lo enceguece. Veremos el desarrollo de su enfermedad mental y el universo lúdico, afectivo y doloroso dentro de ese espacio mágico denominado El Castillete. (FILMAFFINITY)

Yo te la recomiendo porque…

La locura, siempre ha podido ser diagnosticada sin reparos en aquellos individuos que, por ciertas conductas o pensamientos recurrentes, se diferencian parcial o absolutamente a la mayoría aceptada y reconocida. La genialidad, se atiene al mismo concepto básico; personalidades distintas que, en vez de ser rechazadas y recluidas a habitaciones blancas, son rechazadas o no, pero siempre permanecen profundamente respetadas, a lo menos. Es así que realizar una distinción entre genialidad y locura, es, para muchos, una cuestión demasiado subjetiva; o, por otro lado, demasiado dicotómica.

Sin embargo, es una cuestión que llega a la mente de manera indudable para aquél/aquella que ve con suficiente interés la obra de Diego Rísquez del 2010, titulada simplemente, y con la mayor fuerza poética, «REVERÓN». Una obra que, al menos, pone en duda, la percepción de la realidad que se tiene sobre las cosas ¿Por qué? ¿Acaso transcurre con varios discursos filosóficos? ¿Escenas dramáticas que se sirven de una nostalgia por lo que nunca se vió? El único discurso que dice el propio protagonista se resume en esas tres palabras: todo es luz. Y, aún así, en sus lágrimas, por la falta de comprensión del resto en lo que respecta a lo que él verdaderamente sentía por su arte, es cuando uno comienza a  vislumbrar esa duda que lo deja a uno inválido, deshecho, postrado frente a la cuestión que, si se resolviera, evitaría muchas nostalgias y sufrimientos: ¿Qué distingue a la genialidad de la locura? ¿Su manifestación? ¿Su expresión?

Pero «REVERÓN» es mucho más que el retrato singular de un artista subestimado con creces, es  el intento de un rapto. Sí, Rísquez intentó con maestría el rapto de nuestra atención, e incluso de nuestra voluntad… Sin importar que el público fuese extranjero o nativo, aparte de cuestionar la percepción sobre las cosas en lo que respecta a los juicios que se puedan construir con base a determinadas ideas o conductas, plantea el desinterés y la crueldad con la que se pretende rechazar o ignorar lo que verdaderamente le es común a uno; el arte propio o aprendido, que se manifiesta desde y en las entrañas de la tierra propia, donde uno pertenece, por haber nacido dentro de ciertos límites geográficos. Y este último planteamiento no se hace directamente, eso es cierto; es más una idea que surge cuando, al ver la originalidad/genialidad del personaje que se intentó describir en la obra, puede reconocer uno la propia ignorancia o indiferencia que generalmente aplica a las cuestiones referidas a las ideas surgidas y desarrolladas en las personas que, vivieron o aún lo hacen bajo un mismo territorio. Y no es cuestión de mero patriotismo, sino de la justa apreciación que debería de tener cualquier manifestación artística, sin importar la región geográfica a la que pertenezca su autor(a).

Por otra parte, hay un discurso pronunciado a través de la actuación de Sciamanna, y es uno que se podría atribuir a numerosos artistas esteticistas que, explican el por qué del sentir de Reverón con su pintura, a través de sólo una frase: el arte por el arte. Es decir, bajo la óptica de este pintor y otros artistas, el arte sólo debería darse con el fin de exaltarse a sí mismo; y, bajo esta perspectiva, es más que aborrecible la idea de crear algo, pensando sólo en la retribución económica. ¿Debe entonces vivir el poeta del aire con el pronuncia sus versos? ¿Debe el pintor vivir de la luz y la oscuridad que inspira sus cuadros? ¿Debe el músico vivir del baile que se provoca a sí mismo, con sus melodías? No, eso tampoco es lo que se quiere decir. Es esencial que se pueda tener cubiertas las necesidades básicas propias, pero, lo que sí se proclama con firmeza, es que no se puede pretender vivir del arte; porque éste en sí mismo, es una necesidad que requiere ser cubierta, y no debiera ser asumido condicionalmente como un medio para satisfacer las otras necesidades que se pudiesen tener.

A su misma vez, el pensamiento que explicaba que todo es luz, podría asumirse como analogía entre los conceptos de genialidad y locura, y, bajo la premisa de que al compartir tantas características, sólo se pueden reconocer como parte de una misma cosa en sí, sería más que particular decir que a la cosa que pertenecen, es la razón misma. Es decir, que pertenecerían al potencial desarrollable para relacionar elementos de igual o distinta naturaleza, y al hacer esto, poder compararlos, observarlos, analizarlos. Si se continuase la analogía, sería recomendable recordar las palabras del propio protagonista pronunciadas como respuesta a una pregunta:

La esencia de mi arte es el blanco, y la mierda.

Es así que, la genialidad podría ser representada por el blanco, y la mierda podría representar la locura. ¿Por qué necesariamente en ese respectivo orden? Porque, la genialidad se podría describir como aquél conjunto de pensamientos y conductas recurrentes que, desembocan unidireccionalmente, en el acto de creación;  y esta acción misma, desde tiempos inmemoriales, se identifica siempre con lo alto, lo difícil de alcanzar, y esto, relacionándolo con todo es luz podría identificar al sol  como su representación, pero lo más cercano a su figura es la mera blancura. Continuando, si la genialidad y la locura fuesen partes de una misma cosa, podría establecerse la mayor o menor manifestación de una sobre la otra, o su combinación, a través del establecimiento de distintos niveles de percepción sobre la realidad, y del tipo de expresión que conllevaría el querer plasmar de alguna manera lo que, con la mayor o menor presencia de una, se pusiese a disposición del conocimiento propio que se pudiese tener. Si se aceptara como válida esta premisa, tanto locura como genialidad, serían parte de un mismo potencial, y su mayor  o menor expresión en la conducta y en las ideas de una persona, no tendrían por qué distinguirla como se hace, ya que, se reconocería que lo que manifiesta con mayor apasionamiento otra individualidad, forma parte de la naturaleza propia, y lo que no, sería un potencial no-desarrollado.

Sobre el director…

diegorisquez.520.360Diego Rísquez Cupello (Juan GriegoVenezuela15 de diciembre de 1949) es un director de cine venezolano.

Estudió comunicación social en la Universidad Católica Andrés Bello, pero la abandonó para dedicarse al teatro. Recibió clases de actuación por parte de Levy Rosell, y viajó por Europa]] y Asia. En 1975 regresó a Venezuela para iniciarse como cineasta y artista plástico. Es uno de los ocho supuestos implicados en el asesinato del niño Carlos Vicente Vegas Pérez (Caso Vegas Pérez), famoso caso suscitado en Venezuela en la década de los años 70, el cual quedó impune supuestamente debido al tráfico de influencias, manejo del poder político y económico, aun cuando dentro de la investigación encabezada por el Comisario Fermín Mármol León, se supone que había pruebas contundentes que determinaban la culpabilidad de los acusados. Este caso estuvo plagado de irregularidades, sobre todo por tratarse de una época muy convulsiva en la historia de Venezuela, donde los jóvenes se rebelaron contra las injusticias del sistema imperante, motivados por la contracultura del poder joven y la rebeldía del Mayo Francés. (es.wikipedia.org)

Trailer

Calificación

5 de 5 peli

Reseña: La migliore offerta (2013) de Giuseppe Tornatore

Yo te la recomiendo porque…

Decía Uslar Pietri, en uno de sus ensayos, lo siguiente: «En donde está el hombre está la soledad como su sombra, que lo sigue, lo acecha, lo espera. Más dramático que el destino de Pedro Schlemyl, cuando vendió su sombra, ha de ser el de la persona que llega a vender su soledad. Y hasta casi podríamos decir que cada hombre tiene la soledad que merece, y que hay algunos que no han merecido ni merecerán ninguna» (La ciudad de nadie, capítulo III).

Cada vez parece más evidente el que los solitarios son, a pesar de serlo, o quizás debido a eso, quienes más necesitan de los demás. Algo curioso si se tiene en cuenta que, si esto es cierto, entonces los conversadores son los que menos se verían afectados por la ausencia de quienes en algún momento les rodearan. No porque su falta fuese insignificante sino que, debido a su capacidad (su confianza), podrían conocer continuamente a otros. Retomando lo dicho, es cada vez más obvio que el solitario afronta su propia condición y el cómo se relaciona con los demás de forma muy diferente al conversador. Donde uno ve mil puertas por abrir para curiosear y seguir de largo, el otro verá unas pocas puertas, quizá abiertas, quizá cerradas. O, dicho de otro modo, uno verá muchos retratos colgantes mientras el otro sólo puede ver uno además de una inmensa habitación vacía.

Aclarado esto, habría que agregar que la necesidad del solitario y su incapacidad (su falta de confianza) conforman su lado vulnerable, es decir, el ser ingenuo. Por lo que, sin importar cuán inteligente o hábil pueda ser en cualquier otra área, en la que refiere a cómo relacionarse siempre será un bebé (ni siquiera un niño todavía), pues formará lazos dependientes con unos pocos. Unos pocos de los que requerirá compañía regular si no constante, por pasar a formar parte de su bucle narrativo (rutina diaria). El problema está, si no se ha visto, en la forma en que compagina con el resto y en aquellos a los que se entrega de forma ciega. Pues su necesidad, su incapacidad y su ingenuidad son su particular maldición; aquella que le acompañará hasta su muerte. Este candor, esta falta de malicia, es lo que le impide saber si lo que ve es verdadero o falso; algo que le advierte a Virgil Oldman ―interpretado por Geoffrey Rush― uno de aquellos en los que llegó a confiar:

―Las emociones humanas son como obras de arte. Se pueden falsificar. Parecen iguales que el original pero son una falsificación.

―¿Una falsificación?

―Todo se puede fingir. Alegría, dolor, odio, enfermedad, curación… Incluso el amor.

El caso de Virgil, además de ser un solitario resignado, es el de aquellos que «no han merecido ni merecerán» su condición. Es por ello que, aún ensimismado en el sufrimiento causado por su ingenuidad, cuando le preguntaron si estaba solo, luego de pensarlo un poco sólo pudo decir: «No, espero a alguien».

Calificación

(pendiente)

Reseña: Adaptation (2002) de Spike Jonze

Yo te la recomiendo porque…

¿Por dónde comenzar? Por los temas que se tocan: amor, cambio, vida, muerte, soledad, todo, absolutamente todo; por la ironía sobre la propia historia y otra que vendría luego (Anomalisa, 2015) respecto a la importancia del último acto; por la vinculación preexistente que había entre la única canción usada y mencionada y lo que pasó con cierto idiota insensible; por el oficio del escritor neurótico, que no deja de pensar en lo mismo una y otra vez, como la uróboros; por el cine, Joan; por los distintos niveles de significado en los que se puede entender el título de la historia; por una confesión estúpida e innecesaria: estoy escuchando una y otra vez «Happy Together» mientras pienso y re-pienso qué debo decir al mismo tiempo que intento ser espontáneo… Supongo que no importa el orden, sino que los mencione todos.

A.

Decía Marx (dirán que eres un pretencioso que se la quiere dar de culto, como Woody Allen; pero no tengo opción, maldita sea, no puedo apropiarme de sus palabras), en su tesis doctoral, lo siguiente:

Muerte y amor son los mitos de la dialéctica negativa, porque la dialéctica es la interior y sencilla luz, el penetrante ojo del amor, el alma íntima, no oprimible por el cuerpo de la disgregación material; es el lugar interno del espíritu. Así que su mito es el amor; mas la dialéctica es también la arrebatadora corriente, que destroza pluralidad y sus límites; que desecha figuras independientes, sumergiendo todo en el mar uno de la eternidad. Su mito es, pues, la muerte. Mas es la muerte de manera que, a la vez, sea el vehículo de la vida, del desplegarse en los jardines del espíritu, el desbordarse en las espumantes copas de soles punctuales, de lo que brota la flor del único fuego del espíritu. (p. 208 en la traducción de Juan David García Bacca)

¡Maravilloso, genial, estupendo! Ahora tendrás que dar contexto para que se entienda por qué le citas a él precisamente y por qué esa obra en especial. Pero no puedes hacerlo, no puedes abreviar todo lo que te ha costado dos semestres entender de manera superficial. Y si reciclas las palabras que ya le has dedicado al tema, pensarán que es cualquier cosa menos una reseña sobre una película, idiota.

El cambio, pues, se explica teniendo en cuenta la «oposición correlativa». Vida y muerte, amor y soledad, no pueden estar uno sin el otro ya que uno implica la presencia del otro y su común atracción: lo que los separa es en realidad aquello que los une ―su diferencia, en la negación mutua (su oposición), pasa a ser su identidad, por lo que no podría hablarse del uno sin hacer referencia al otro: polo sur y polo norte, por dar otro ejemplo―. Es en este sentido que tanto Kaufman y su dificultad constante por acercarse al género opuesto (por lo que debe recurrir a las fantasías y a la masturbación como sustituto; igual que tú mismo, Joan) como Laroche y su necesidad de ser amado sinceramente son un reflejo de esta escisión, de este desgarramiento constante que caracteriza al mundo y al hombre; porque, aunque se quiera alegar lo contrario por cortesía o curiosidad, la oposición correlativa no sustenta nuestra idea de cambio, sólo sirve de algo para quienes creían que la «dialéctica negativa» (la crítica, la ironía) podía explicar tanto la lógica de la cosa (Marx) como la cosa de la lógica (Hegel)…

B.

McKee le dice a Kaufman, en un momento clave, que el éxito de una historia se sustenta básicamente en el último acto de la misma. Si es lo suficientemente bueno, deja entrever, entonces todo irá viento en popa; pues la magnanimidad del «final con broche de oro» permitirá que se pasen por alto las pequeñas fallas de aquí y allá. Exactamente lo que pasó con esta historia en particular, que me había dejado de gustar a partir de cierto giro inesperado, y que al sonar «Happy Together» hizo que me olvidara de aquello que me había desagradado. Decía que esto era irónico (no en el sentido filosófico que le da Marx, claro está) pues, a pesar de que la parte menos consistente de Adaptation sea justamente el cómo termina, en Anomalisa el final es lo único que la redime de decir «he perdido una hora y media viéndola».

C.

Sobre la neurosis no creo que valga la pena extenderse, no sólo porque es un término en desuso (pues fue concebido originalmente en su relación con el psicoanálisis) sino porque, además, la indiferencia selectiva que caracteriza nuestra naturaleza nos lleva a no interesarnos por aquello que no nos es propio en cierta forma, y, más aún, aunque nos apasione (como a Laroche las orquídeas) no podemos comprenderlo si no forma parte ya de nuestra condición (dicho de forma más cruda: sólo quien tiene cáncer puede apreciar la vida como quien también lo padece). Eso sin contar que no soy ningún experto en el tema, y si suelo reconocer a quienes piensan en círculos es porque soy uno más de ellos.

D.

Sobre el título de la historia, este puede entenderse desde varios puntos de vista: (1) literal, es decir, la re-creación de una novela en forma de filme; (2) el proceso principalmente interno de llevar a cabo (1) en cuanto se enfoca la labor del guionista; (3) el deber ser de (1) y (2), pues, si es posible es mejor conocer al autor original e involucrarlo en la historia, aparte de reconocer la importancia del autor secundario; (4) el cambio, es decir, la vida y la muerte, el amor y la soledad, todos los opuestos en relación, la crisis, el drama que da pie a la realidad.

Vale mencionar, por otro lado, que «adaptación» es un término que no aparece más de tres o cuatro veces en toda la historia, y con un tiempo considerable de otros diálogos y voz-en-off en medio. Por lo que no se abusa y desgasta la sensualidad y el poderío de la palabra repitiéndola hasta el hartazgo (como sí sucede en Collateral Beauty, 2016).

E.

Todo el tiempo que he gastado escribiendo esto se ha repetido una y otra vez «Happy Together», y es casi una tortura ya.

Hace algunos años me encantaba y llegué a dedicársela a uno de los pocos que ha intentado leerme pacientemente; como lo nuestro no tuvo razones suficientes para darse como imaginábamos cada quien siguió con su vida por su lado. No fue hasta hace poco que noté que él le dedicó esa canción precisamente a quien finalmente se había entregado. De modo que, tal parece que los recuerdos y las personas que están asociados a ciertos versos son completamente reciclables, al menos para él. Por ello no había vuelto a escuchar a The Turtles, me hacía pensar en su «vivieron felices para siempre» apropiándose y prostituyendo lo que le llegué a cantar y grabar alguna vez con sincero sentimiento. Pero ahora se ha vuelto aún más insoportable porque la repetición constante (con el único propósito de permitir una mayor concentración) ha provocado que pierda su antigua delicadeza.

No tengo nada en el estómago, tengo frío y estoy solo. La estúpida canción sigue sonando y provoca náuseas. Otra noche cualquiera…

Calificación

(pendiente)

Reseña: Laurence Anyways (2012) de Xavier Dolan

Yo te la recomiendo porque…

La caracterización más profunda y singular que pudiera encontrarse en Los hermanos Karamazov, de Dostoiévski, no le pertenece a ninguno de sus protagonistas principales, los que casi nunca están «fuera de foco». «Más profunda y singular», porque, justamente, todo aquello que se relaciona directamente con el símbolo, es lo que generalmente se puede hallar fácilmente en la superficie. Esa «manera de proceder», ese objeto en la superficie de la obra, está representada en la figura del contemplador.

Aquél personaje que, queriéndolo o no, tiene la particular sensibilidad para lograr abstraerse del mundo lo suficiente, y, aún así, no dejar de observar y comprender todo lo que frente a sus ojos pasa. Esa capacitación suya, que lo impulsa a reafirmar una virtuosa paciencia, es, quizá, el secreto de que, en su silencio, cualquier caos, pueda encontrar un cauce.

Niebla, una poesía del misterio. Una curiosidad atenuante. Perspectiva, una sugestión de la perfección. Un anhelo apremiante. Música, un impulso de abstracción. Un buscar y encontrar, un aspirar, un suspirar.

La contemplación es la que, desde los primeros segundos, lleva de la mano ésta obra de Dolan. La niebla, la perspectiva, la música; todo en ella, desde el comienzo, remite a la búsqueda de la perfección personificada en Kubrick, también hace referencia directa a la sugestiva selección musical de la que ha demostrado ser un experto, nuestro Woody Allen, y, aún más, también redirige la mirada hacia la lealtad y confianza que ha demostrado tener Tim Burton por sus actores predilectos.

Sería tremendamente insatisfactorio intentar diseccionar quién es realmente el contemplador aquí. Si dejáramos a un lado cualquier subjetividad, podríamos decir que ésa figura es transferida de manera perfectamente clara, en un orden respectivo. En primer lugar, estaría la perspectiva, la idea. En segundo, la mente que logró disponer de ciertos hechos, para poder concluir y reafirmarse en la perspectiva, en la idea. En tercero, el yo consciente que disecciona esa idea. En cuarto, quienes escuchan la idea, y su explicación. En quinto, quienes la apoyan. En sexto, los actores que intentan representarla. En séptimo, la mente del espectador, en la butaca del cine, o en la cama o silla de su casa. En octavo, el yo de quien vio, y de alguna manera, vivió determinada perspectiva, gracias, principalmente, a su capacidad de empatía. La figura del contemplador es así, una de naturaleza no directamente orgánica, aunque sí relacionada a ella, un espejo frente a otro, el potencial de sensibilización ante una determinada «realidad».

Laurence, es, a su vez, superficie y símbolo. Casi podría esperarse que, en vez de «Laurence, de cualquier manera» (traducido como «Laurence, sea como sea» bajo otros criterios), el título de esta obra debía haber sido «Elogio a la extravagancia». ¿Por qué? Habría que tomar en cuenta toda la historia para llegar a esa conclusión. Pero, para no adelantar, podría examinarse rápidamente el recorrido, la carrera de este jovial director. «Yo maté a mi madre», su ópera prima, nos adelantó lo que Laurence, por ahora, nos reveló en su totalidad: el afán de vivacidad en la caracterización que busca, encuentra, y muestra Xavier Dolan. El joven que, con tendencia al conflicto, decide mostrarse a  su madre, luego de un punto álgido de caos, en su verdadera naturaleza, es una representación tenue de la postmodernidad que caracteriza el siglo XXI, el afán de la diferencia, a su vez que dibuja la necesidad de contacto que parece mostrarse en matices distintos según cada caso, pero teniendo como solución la misma perspectiva  o idea, ser amados. Por otra parte, su ópera secunda (¿estará bien escrito?), «Los amores imaginarios», desarrolló con mayor efectividad cierto gusto por lo que en Laurence nos atrapa desde el comienzo: la necesidad de abstracción, del mundo, de la cotidianidad del ser. ¿Cómo lo hizo? Regresando a la tan respetada objetividad, podríamos aludir a la cámara lenta, la música sincronizada y emotiva, y a la fijación especial en la cabeza entera de los actores, ya fuese en su aspecto frontal u opuesto, signos claros de querer sugestionar para poder impresionar. Olvidando esto, diríamos que sólo se trató de una poesía visual no muy común, la mismísima contemplación. Si el afán de vivacidad de este jovial director, representado por las curiosidades respectivas de sus dos primeros largometrajes, no reluce realmente ni podría hacerlo, el calificativo de extravagante, no sabría decir, de momento, qué podría describirse como tal.

De cierta forma es asumido por una parte que, en lo que respecta a una cotidianidad, un factor que influya en la «ecuación» para lograr valores, o equivalencias distintos, es en varios casos, necesario. ¡He ahí el dilema, pues! Tanto Laurence como Fred (o Frederique, específicamente), son individualidades particulares, contemplativas, que no sólo se enfocan en la sociedad y sus reglas, sería algo reduccionista creer eso, lo hacen a su vez, en el poder y la voluntad, conceptos manejados en la filosofía como altamente relevantes. Sus idas y vueltas, alrededor de un argumento cíclico, no-completamente-lineal, absorben la humanidad en sí misma. Objetivamente, podríamos (o podría, ¡que afán de querer ser una multitud cuando estos pensares y sentires son propios!) decir, que el hecho de que de alguna forma absorban algo del espectador, podría explicarse como una proyección que hace éste, comparando, elevando o igualando, ciertas experiencias propias, a las que, los actores en su representación, dejan detrás de sí para ser contempladas.

La humanidad es, y para esto no se requiere mucha reflexión, un conjunto de individualidades que continuamente se expresan, y se conectan unas con otras. Al conjunto se le denomina comúnmente colectividad, ¿pero existe algo más allá de la contínua expresión y comunicación, que represente esta colectividad? ¡Regresemos a la filosofía! Poder y voluntad, el poder podría ser una manifestación de la voluntad, y ser ésta en sí misma, la búsqueda o anhelo de «algo». Esto, bajo una determinada perspectiva, intentando ser lo más general posible ¡Error gravísimo! Las individualidades entonces, se expresarían y comunicarían entre ellas, establecerían relaciones de poder específicas, y, de esta manera, manifestarían su voluntad, su anhelo de «…». La cuestión se complica, o se simplifica, al ser comprobable que existen relaciones de poder y voluntades características a toda la colectividad denominada humanidad. ¡Algunos ejemplos, por favor! Muy bien, ¿una relación de poder? La amistad. ¿Una voluntad? ¡Y no quiero que se me acuse de repetitivo! Ser amados.

Laurence, tanto como Fred, anhelaban ser amados. A través de sus idas y vueltas notaron, quizá con nostalgia anticipada, o con pesimismo post-erior, que su mutua relación de poder era de carácter destructivo. ¡No se les puede culpar de ingenuos! No había manera de que pudieran prever todo lo que sucedería, aquél día en el que, bajo el eco ilusorio de un elegante candelabro, sus miradas se encontraran por vez primera. Ambos eran factores influyentes de cambio, quizá no en sí mismos, pero sí en su entorno, en las personas que a su lado aguardaban, que a su lado sonreían o suspiraban. Aquella responsabilidad, así como el común inconveniente de haber nacido, sin haber sido pedida, sino impuesta, es lo que, desde un comienzo, a través de la niebla, de la perspectiva y de la música, se lograba entrever en el horizonte lejano de un pez de aguas profundas. Esa marca de  fatalidad con la que marca Dolan a sus personajes, espero (¡no «esperemos»!) que no sea un vivo o al menos cercano reflejo de su propia vida, ya sea en su etapa infantil, en la adolescente, o en la presente. Y, si bien ser amados era su primera voluntad, ya que ésta es tan variable, es posible que, no sea la última. Una sonrisa de esperanza nostálgica surge en mi rostro ante esa perspectiva, ante ésa idea.

Ante su responsabilidad asumida se postra mi propio contemplar. La vida, tal y como podría describirla Laurence o Fred (a su manera), es un continuo elogio de la normalidad. Eso sí, dentro del marco de las posibilidades, cualquiera de las interpretaciones que  se pudiese dar a esto, no debería encaminarse ni relacionarse con el propósito colectivo de una gran parte, que establece que, lo mejor y lo más razonable en muchos casos, es renegar de la comunidad, para afirmar la  individualidad. Sí, es razonable pensar y actuar en base a ello, pero antes de siquiera considerar eso, revalorando la objetividad, habría de preguntarse cómo sería posible  saber en primer lugar, si cierto matiz o característica de la propia individualidad, sería realmente valedero de transferir a la humanidad; y luego de eso, por qué y bajo qué medios/recursos habría de realizarse.

La sensibilidad ante una realidad, o la contemplación, ante esta obra, pueden alcanzar límites ambiguos. Quizá, y es lo más probable, me haya dejado impresionar o sugestionar por el afán de vivacidad que me ha mostrado Dolan con tres largometrajes, haciendo especial hincapié en éste. ¿Por qué es lo más probable? Porque mis relaciones de poder, y mi propia voluntad, han sido desarrollados bajo la perspectiva de ser capaces de apasionarse realmente por algo. La pasión, es para mí un concepto de apropiación. Todo aquello que me apasiona, ya es mío en cierta forma.

Sería poco decir que Dolan me ha cautivado, no querría describirlo, de cualquier manera (sea como sea).